Hoy sábado, siete de la mañana, me pongo delante del papel sin saber de lo que voy a escribir. La verdad es que estuve desde el martes en Madrid, preparando la apertura del nuevo Prada, que inauguramos en la calle Príncipe, y no pensé ni por un minuto en estos días el tema que iba a tratar para el artículo de hoy, en principio porque estaba totalmente inmerso en los mil y un detalles que a última hora siempre hay que solucionar sobre la marcha y también, y sobre todo, en que se está apoderando de mi un cierto grado de confianza, que hace que bajes la guardia. Piensas que a última hora surgirá la chispa que hará brotar el artículo por generación espontánea, y, además, saldrá bien, porque así debe y tiene que ser, ya que la experiencia acumulada no puede fallar…
A estas horas de la mañana, en frío, en contacto con la realidad que marca la helada que hay fuera en la calle, te das cuenta de que ese grado de autosuficiencia y de falsa confianza que nos embarga cuando ya pasaste por otras situaciones parecidas, no deja de ser un fatuo y banal espejismo del cual nos dejamos seducir como si fuésemos niños mimados y poseedores de la verdad absoluta… ¡Bah!, eso está chupado, ¡faltaría más!, eso lo hago yo con la gorra… ¡a buena parte!, “mi experiencia y saber hacer no me pueden dejar tirado…”. Todas estas expresiones, si no las dices, sí que las piensas; es aquí, en donde quiero incidir en mi pensamiento, ¡cuántos fracasos y cuantas decepciones se fraguan por culpa de esa fatua, banal, tonta y en última instancia falsa autosuficiencia!, digo falsa, porque no puede ser nunca, según mi entender, verdadera, pues creo y casi lo afirmo con rotundidad que el creerse autosuficiente es el signo más inequívoco de la propia ignorancia llevada a la máxima expresión… Nadie que piense con dos dedos de frente puede ignorar que la experiencia acumulada nunca es mala, desde luego, pero jamás puedes basar en ella todas tus actuaciones futuras, ya que cada instante, cada lugar, cada situación son distintas, y eso sin contar con ese factor tan importante que es el estado psíquico del momento en que sucedió aquella tu experiencia… Por ello digo, sin temor a equivocarme, que la confianza y esa autosuficiencia de la que presumimos es la coraza con la que nos protegemos para engañarnos a nosotros mismos, y de paso “demostrar” a los demás la mucha y buena preparación que tenemos en cualquier campo del saber humano… ¡Es increíble el poder de sugestión a que llegamos con tal de tapar y vestir, por decirlo de alguna manera, nuestra propia ignorancia!.
Este mal del que estoy hablando no es privativo solamente de la falta de preparación ni de la incultura, es la consecuencia del montaje de apariencias y falsos símbolos que configuran y dan forma a la convivencia de esta sociedad que padecemos, que, nos guste o no, tenemos que aceptar, porque es la que hay… De todas formas, te juro que a pesar de que esas normas casi son inmutables, yo no las asumo aunque las acepte. De ahí, el que siempre esté con las uñas puestas para por lo menos reivindicar mi libertad de raciocinio, aunque no mi libertad de actuación, que siempre al final está condicionada por unas normas preestablecidas impuestas por la inercia y el continuismo… En el fondo soy un poco cobarde, o si quieres un tanto acomodadicio al medio que nos circunda y que sin remedio me condiciona. ¡No deja de ser una putada! ¿no?…
Bueno…, ¡qué le vamos a hacer!, por lo menos te queda la pequeña satisfacción de que no vives engañado ni engañando a los demás… Punto…
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