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Prada Clarete, que no rosado: así se hace

Escrito por Prada a Tope | 8/04/26 14:12

En El Bierzo, las palabras se miden con el mismo cuidado que se miden las vendimias. Por eso, cuando en la bodega se habla de este vino, se insiste siempre en lo mismo: clarete, que no rosado. No es un matiz caprichoso, es una forma de nombrar un estilo con historia, ligado a la viña mixta y a una forma de entender el vino como parte de la vida diaria.

El Prada Clarete 2025 nace precisamente de esa memoria. Un vino ecológico elaborado con Mencía y Godello, pensado para ser fresco y joven, pero sin renunciar a la estructura y a la seriedad que siempre tuvieron los claretes del Bierzo. La Medalla de Oro en el concurso nacional VinEspaña, en la categoría de vinos ecológicos, no hace más que poner nombre a un trabajo silencioso que lleva años gestándose entre viñedos, depósitos y barricas.

En este artículo vamos a detenernos en cómo se elabora este clarete, en qué lo diferencia de un rosado convencional y por qué el encuentro entre uva Mencía y uva Godello tiene tanto sentido cuando se hace con paciencia, respeto al viñedo y una mirada puesta en lo que siempre se hizo en la comarca.

Mencía y Godello: dos uvas que hablan el idioma del Bierzo

Antes de entrar en depósitos y tiempos de maceración, conviene mirar al origen: las uvas. Nuestro Clarete se elabora con Mencía y Godello al cincuenta por ciento. No es un reparto casual. Es un diálogo entre dos variedades que, cada una a su manera, cuentan el paisaje berciano.

La Mencía aporta color, sobre todo en las capas medias; una fruta roja nítida, a veces con recuerdos de frambuesa y cereza, y una estructura que sostiene el vino sin hacerlo agresivo. Es la uva tinta que ha dibujado las laderas del Bierzo durante generaciones, adaptada a sus pendientes, a sus suelos y a un clima que combina influencias atlánticas y mediterráneas.

El Godello, por su parte, suma frescura y una expresión blanca que aligera y perfila el conjunto. Aporta notas más cítricas y de fruta blanca, y una textura envolvente que, cuando se trabaja con cuidado, deja vinos amplios pero muy equilibrados. En un clarete como este, el Godello es el hilo que cose la sensación de ligereza y bebibilidad.

Juntas, Mencía y Godello permiten uno de los vinos del Bierzo que no es simplemente un tinto aligerado ni un blanco teñido, sino un punto de encuentro: color delicado, aromas complejos y una boca donde la frescura manda, pero con la suficiente estructura como para no perderse entre dos sorbos.

Clarete, que no rosado: qué los diferencia de verdad

En muchas cartas y estanterías, clarete y rosado se confunden o se usan como sinónimos. Sin embargo, cuando se habla del clarete tradicional del Bierzo, y en concreto de un clarete como el de Prada, las diferencias con un rosado convencional son claras.

El rosado moderno suele elaborarse con uvas tintas: se estrujan, se dejan macerar muy poco tiempo con los hollejos —la piel de la uva— y se sangra el mosto cuando ya ha tomado un leve color. A partir de ahí, se fermenta como si fuera un blanco. El resultado es un vino ligero, muy fresco, de color vivo, donde el contacto con las pieles es mínimo.

El clarete, en cambio, parte de una mezcla de uvas tintas y blancas, como esas viñas tradicionales donde conviven plantas de Mencía y Godello. Esa mezcla ya marca la diferencia, porque desde el mismo viñedo el vino está pensado para ser algo intermedio: ni tinto ni blanco. Además, en el caso del Clarete, una parte del vino macera con sus hollejos más tiempo, lo que le da una estructura que raramente encontramos en un rosado al uso.

Esa mayor presencia de los hollejos se traduce en un color más profundo, en taninos finos que apenas se perciben, y en una sensación en boca algo más seria, que admite bien una comida y no se queda solo en vino de aperitivo. Por eso, cuando desde la bodega se insiste en “clarete, que no rosado”, en el fondo se está defendiendo una forma de hacer vino que respeta la tradición de la comarca.

Paso a paso: cómo se elabora el Prada Clarete 2025 ecológico

La elaboración del Prada Clarete 2025 sigue una lógica sencilla, pero cada decisión cuenta. El punto de partida es el cuidado del viñedo ecológico, donde se trabaja sin herbicidas de síntesis y con una atención especial al equilibrio de la planta. Un clarete joven y fresco no admite uvas cansadas: necesita vendimias sanas, con buena acidez y un grado moderado.

  1. Vendimia y selección
    La vendimia se hace cuando Mencía y Godello alcanzan un punto de madurez que permita equilibrio entre azúcar y frescura. Se busca que ninguna de las dos variedades domine, ni en grado ni en aroma. A partir de ahí, se seleccionan los racimos y se decide cómo se van a combinar.

  2. Estrujado suave y mezcla de mostos
    Una vez en bodega, las uvas se estrujan con suavidad para no extraer taninos de más. La Mencía y el Godello se trabajan al cincuenta por ciento, cuidando que el reparto sea fiel a la idea original del vino: equilibrio entre fruta roja y blanca, entre frescura y estructura.

  3. Fermentación en presencia de los hollejos
    Aquí está una de las claves. Una fracción del mosto se deja en contacto con sus hollejos durante más tiempo del que sería habitual en un rosado moderno. Esa maceración controlada aporta más cuerpo, una textura algo más envolvente y un color que no renuncia del todo a la identidad de un vino con uva tinta, pero sin llegar a la densidad de un tinto. La fermentación se realiza a temperatura moderada para preservar los aromas más frescos de Mencía y Godello.

  4. Ligero punto de aguja
    El Prada Clarete 2025 conserva un ligero punto de aguja natural. Esa mínima presencia de carbónico no es un accidente: intensifica la sensación de frescura, aviva la fruta y hace que cada sorbo resulte más vivo. Es una forma de subrayar el carácter alegre del vino sin convertirlo en un espumoso ni distraer del fondo.

El resultado final es un clarete ecológico que se entiende mejor al beberlo que al describirlo: de trago fácil pero con fondo, reconocible desde el primer sorbo y muy ligado a la forma en que se han hecho siempre ciertos vinos de la comarca.

Un vino ecológico con los pies en la viña

Que el Clarete haya sido premiado en la categoría de vinos ecológicos no es un detalle menor. El sello ecológico no se coloca en la etiqueta al final del proceso; se construye a lo largo de todo el ciclo vegetativo, con decisiones diarias que no siempre se ven, pero que se notan en el vino.

Trabajar en ecológico implica renunciar a atajos y confiar en la paciencia: cuidar los suelos, favorecer la biodiversidad, observar las viñas para intervenir solo cuando es necesario. En un vino joven como este clarete, esa forma de trabajar se traduce en una expresión más limpia de la fruta, en una sensación de frescor que no depende de trucos en bodega, sino del equilibrio natural de la uva.

La Medalla de Oro de VinEspaña reconoce precisamente esa coherencia entre paisaje, viñedo y vino. No se premia solo un sabor agradable, sino una manera de cultivar y elaborar que busca que cada copa hable con honestidad de dónde viene.

El oro de VinEspaña y la alegría de un reconocimiento

El concurso es un certamen nacional con cata a ciegas, organizado por asociaciones y federaciones de enólogos.

Que el jurado otorgue una Medalla de Oro al Prada Clarete 2025 significa que, sin ver la etiqueta, quienes lo cataron encontraron en la copa algo que merecía destacarse entre muchos otros vinos.

En la bodega, nos cuenta el enólogo José Manuel Ferreira, este galardón hace especial ilusión porque respalda una apuesta que no siempre fue evidente. Elaborar un clarete, y hacerlo además en ecológico, suponía ir a contracorriente de ciertas modas, pero también recuperar un tipo de vino que se hizo siempre en la comarca y que corría el riesgo de diluirse entre categorías genéricas.

El premio llega, por tanto, como una confirmación serena: el camino elegido —mezclar Mencía y Godello, respetar el viñedo, reivindicar el clarete— tenía sentido. Pero no cambia la forma de trabajar. El oro se guarda con agradecimiento, mientras en la viña las cepas siguen su ciclo, ajenas a los focos, recordando que todo empieza en la tierra.

Cómo disfrutar un clarete como este en la mesa

Aunque este artículo se detiene sobre todo en la elaboración, es difícil hablar de este vino sin imaginarlo en la mesa. Su carácter joven, su frescura y ese ligero punto de aguja lo convierten en un vino muy versátil para el día a día.

Servido fresco, pero no helado, acompaña bien una cocina sencilla: verduras de temporada, ensaladas con buen aceite, embutidos suaves, platos de cuchara ligeros o pescados a la plancha. La estructura aportada por la maceración con hollejos le permite llegar algo más lejos que un rosado muy ligero: admite guisos suaves, arroces, incluso alguna carne blanca sin disfrazar.

Sin embargo, más allá de los maridajes, un clarete así invita sobre todo a recuperar una costumbre antigua: la de un vino que acompaña la conversación y el ritmo de la comida, sin imponerse. Un vino que se abre sin ceremonia, sabiendo que detrás hay mucho oficio, pero que en la copa se expresa con naturalidad.

El Prada Clarete es, en apariencia, un vino sencillo: joven, fresco, fácil de beber. Pero detrás de esa sencillez hay una suma de decisiones que empiezan en la viña ecológica, continúan en la mezcla de Mencía y Godello y se afinan en la bodega con una maceración cuidada y un respeto absoluto por lo que el clarete ha sido siempre en el Bierzo.

La Medalla de Oro de VinEspaña pone brillo a esa historia, pero no la agota. Cada añada será distinta, como son distintas las primaveras, los veranos y las vendimias. Lo importante es que, copa a copa, este clarete sigue tejiendo un puente entre la memoria y el presente, entre la forma tradicional de hacer vino en la comarca y una mirada actual que la respeta.